Cuando el sol reconsidere su tromba de luz
que hace resplandecer la aurora
como una azucena de oro en el cielo,
cuando el mar se hunda en el mar
Como un pedazo de plomo azul en un pozo,
cuando el viento se vuelva cristal contra un muro
y la luna papel mojado en la noche
y el corazón del mundo un cuarzo inabordable
con montañas de carbón helado,
con playas de fríos guijarros
como un sinfín de ojos expoliados en una masacre,
como coágulos de sangre embalsamados en escarcha,
cuando la vida reciba su póstumo carpetazo
y el silencio diga su última palabra
tras dictar su inapelable sentencia en el juicio final
para así condenar el tiempo a todas las muertes
y encerrar la luz en el vientre de una sombra,
cuando el amor ya no sirva para nada,
entonces, entonces, entonces,
tú, amada mía, resucitarás del olvido
para volver a colocar el sol en su lugar,
entonces yo seré arcilla para tus manos,
cordero para tu sacrificio,
sangre para tu sangre…
Y al fin, cuando decidas matar al Dios que te ha matado,
al Dios que nos separa,
cuenta conmigo para enterrarlo por los siglos de los siglos,
lo haré de muy buena gana
mientras silbo y lo maldigo.