Carlo Enrique

Avistamientos II y III

II

 

Algún día te mataré, y las generaciones venideras se detendrán ante algún mural de imágenes más letras ante la que estabas no siendo. Y es que algo de cierto tenían los aborígenes que no se dejaban tomar fotos por miedo a perder el 'alma'. Algún día te mataré; estática, incólume y tus ojos se verán reducidos a canicas pardas. Te dejo de consuelo el que será suavemente y sin darte cuenta, sin dolor y mucho menos trámites funerarios. No, no, no. Y aun así quizás siga andando la consecuencia de haberte eliminado en papel y muro, siendo motivo de otras bromas, otros cielorrasos y otros admiradores descuidados buscando el momento de faltar el respeto al devenir que viene engendrándose mucho antes que la palabra tiempo.


III


[…]
y yo me derruí por dentro sabes… Cómo exigirme aun a costa de tu rubor reprobatorio, de tu incomodidad ante lo que se parece a una traición que renuncie yo a ser hombre de palabra. Ya antes yo en un trabajo que por necesidad tuve, destruí -para construir de nuevo- columnas de una casa donde seguramente algunos niños ya viejos buscarían sus recuerdos en algún momento, sus moretones lúdicos, sus besos púberes, sus hijos, sus canas y otra preciosísima cadena. ¡ESCÚCHAME! Yo mataba a sueldo ese espacio, mucho más vivo que cualquier peatón desconocido; paredes con rayoncitos de crecimiento, huellas de manitos progresivamente grandes, cenizas de puchos bohémicos, y hasta los inodoros donde la gente suele leer y pensar me inundaban el sudor hasta los ojos.

Pero la gente termina por irse a otras partes cuando las casas están por caerse, cuando la vejez carcome las historias y se da cuenta que no vale la pena parchar momentánea y peligrosamente los huecos. Los gnósticos decían que Judas fue obligado por Jesús a darle el beso conocido. Las casas van cayendo, y si hay algo que me obliga a seguir viviendo, es saber que algún día otras familias dejarán manchar a sus hijos las paredes nuevas donde se harán muchos recuerdos; así, así como sucedió conmigo.