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LA SOLEDAD

 

I



–Diego, ¿dónde está tu amada?

–No sé, no me dijo dónde fue.

–¡Entonces vamos! ¡La noche está en llamas
 y nos llama!

–¿A dónde? ¿a qué nuevo confín?

 

–¡A mis desiertos carnosos y pardos!

 

–... No, no puedo. Vete por favor,
debe estar por llegar.

–¡Pero Diego, ella no te ama!

–¿Qué dices?, ¿por qué entonces
vendrá hoy y será mía? ¡Me adora!

–¡Pero Diego, ella no te quema
no te habla, ni te llora!

–No importa, recuerda muchacha
que aquellas que lloraban y sentían,
abandonaron mis semanas.

–¡Pero Diego, la luna no te ama!

 

 

II



–¡Pero Diego, la luna no te ama!

 

–¡Mientes! ¡No sé que pretendes!

 

–¡Solo que salgas de ese escenario!
¡deja ese cuerpo celeste!
¡Deja el confín de ritmos solitarios!

–Pero... ¡Ya llega! ¡Ya llega!

–¡Diego, te amo!

–¡Ah! Pero... ¡Ese crepúsculo plateado!
¡Ahí viene!

–¡Diego! ¡Voltea! ¡Diego!
¡Yo te amo más que ella!

–¡Calla y vete! ¡Estar contigo es delirar
bajo su escritura de estrellas!

¡No! ¡Me quedaré Diego!

–¡No, vete! ¡Ya no te aguanto más!

-¡Me quedaré!

–¡No, por favor! ¡Vete Soledad!