Y del cielo
bajan promesas;
estrellas
del húmedo trasnoche,
lunas de añejos amores
que pierden sus luchas
por olvidarse.
Y se abrazan al suelo,
otras tantas,
deciden poblar
los techos de casas
más vacías que alegres,
de gente
más ocupada
que feliz.
Entonces arriba
A mí
una gota,
pequeña y frágil
como la promesa
y que no posee
similitud al llanto
o al transpiro
que acostumbro
desahogar
cuando el miedo oprime
los huesos
que me mantiene en pie.
una gota que se parece
a mí, cayendo,
como la noche
o como un hablador.
Y de pronto, compartimos
paragüas y soledad,
nos repartimos
humedad y epifanía;
vísperas grisasecas.
Calla
Pero
no hace falta
el ruido:
yo tampoco
estoy de humor.
El cielo llueve
y mi ciudad
es un absurdo
en el poema,
una materia
volátil
flotando
entre el desagüe,
Una colilla de cigarro
que arde en suspiros,
los mismos
que jamás
volveré a
suspirar.