A mi esposa
Eros influye en nosotros
poderosamente
pero no nos rige.
Una descomedida marejada
era por los inicios de lo nuestro.
Era atroz el placer y era el deseo
unas cosquillas como campanillas
y también como espuelas afiladas.
Los años
han hecho sabio al dios:
el aprendiz
– más refinado y diestro tras el largo ejercicio –
es ahora un maestro en su tarea,
tanto,
que asume sereno y hasta feliz
la soberana prevalencia
de otras fuerzas mejores sobre nosotros.
La misma mano que nos talla arrugas
edifica otra obra
cuyo sentido y grandeza somos pequeños
para apreciar cabalmente.
Basta lo que intuimos, sin embargo,
para fundar como sobre granito
la más alegre de las esperanzas.