Vi a la anciana
mendigando
triste y asustada
iba implorando
alguna moneda,
arrastrando las penas
de su calvario.
Allí en su trajín diario
apostando a la caridad ajena
cargaba su condena
bajo un sol incendiario.
De pronto la miro
y ella bajó la mirada
luego me volteó la cara
pero yo busqué a la anciana
para darle dinero
y se fue corriendo
toda encorvada.
Corrí tras ella
buscando explicación
para saber la razón
del rechazo a mis monedas
y de su extraña acción.
y al tener la ocasión
de verle la cara
la vi que lloraba
y estaba muy tensa
y de la vergüenza
sus manos temblaban.
Era la madre de un amigo
muy formal y muy correcto
pero ella se escapaba de su domicilio
y pedía limosnas en secreto.
Cuando me vio dispuesto
a conversar con su hijo
suplicando me dijo
que no dijera nada
del asunto aquel
mientras me juraba
que no lo volvería a hacer.
La ancianita murió
al poco tiempo…
Ella me cumplió
y yo guardé mi secreto.
Autor: Alejandro J. Díaz Valero
Derechos Reservados
Maracaibo, Venezuela