Murialdo Chicaiza

ECUADOR

 

Existe un país que sobrepasa a la luz de mil albas

un territorio marcado por los volcanes y las flores,

por los gorriones es cantado, los colibríes lo anidan.

Allí, el aire se viste de tanta pureza y es un niño

que corre tan ligero que nos lleva en vilo.

Ecuador, de la mitad, Ecuador de la cintura terrena:

amo tus latitudes, tu verdor de esmeralda y lima,

tus ojos de pájaros multicolores, tus aromas

de melcocha tibia, de nogadas y maní de las tardes.

Ecuador, el país del sagrado maíz urgente

de los rizados trigos, de las cañas dulces y sonoras

del café, el cacao y el amarillo enceguecedor del banano.

 

Ecuador de mis raíces que apresan y me hunden

Ecuador de sol que se reparte como el pan de cada día

de mares cristalinos, de tranquilas marejadas que visitan playas

Ecuador de esquirlas de luz, de adánicos comienzos:

te llevo en mi sangre, esta savia tan roja que es tu esencia.

Por ti, a cada ser que ha sido y será lo llevo en el pecho

y me siento eterno como lo son tus horizontes azules

que no se cansan de repetirse más allá de los Andes.

Y quiero que tu olor a madera no sea cortada

quiero tus penachos altos y blancos por la nieve

tus selvas de vida por siempre verdes las quiero

que tus ríos sean limpios y me inunden

quiero los brazos y rostros de tu gente multicolor

los labios de tus frutas recorriendo mi piel, quiero.

Veré pasar el tiempo, desde mi rincón, mientras muero.

Podré descansar en tu silente vientre, regresar a tu útero de arena

luego de haberte amado desposeído de  tiempos y renuncias.