Mecánica celeste
Ciudad, planeta, vía
láctea de corceles infinitos,
se llevan la verdad envuelta en llamas,
constelan la ficción de que existimos.
En cambio el nada ser, la nada vida
prosperan en los campos de batalla,
en altas pasarelas de la luna,
en lujuriosos peces de fiestas de banqueros.
El hombre, ese recóndito mendigo,
en tanto, vaga a pausas de la muerte,
indaga en la prehistoria de sus huesos,
se cimbra en estertores aguerridos,
procrea nueva luz que es nueva sombra,
pues cada vez ve menos lo que pasa,
se deja taladrar por los ministros
y cae marginal en una exclusa de su propia historia.
La nave vertical de los mercados
ya horada en las distantes extensiones
del cielo y del silencio intergaláctico,
detrás de un lupanar que nos reciba,
detrás de otra metáfora del barco
en que el viejo Odiseo jamás logró volver a casa.
Es claro que sucede que no somos
ni el centro del espacio ni la sombra
de la más vieja sombra de los soles
que tanto han entibiado nuestros huesos,
es claro que nos vamos de parranda
hacia la perdición de la barbarie,
que la barbarie misma es nuestro estado,
por más que decoremos esta orgía
con prístinos laureles y epitafios.
Es poco lo que queda por decirnos,
hay poco que salvar de nuestros pasos,
es hora de esperar que nadie venga,
es hora de no ir a parte alguna,
los altos magistrados de la nada
simplemente no vendrán en nuestro caso
a dar sentencia o plazo en esta historia
y tampoco nosotros merecemos
partir a otro lugar a un nuevo inicio.
Pequeño es lo pequeño y, por pequeño,
que solo ya resuelva sus minucias.
Las manos de oración, la gran hoguera
de nuestros escritores y poetas,
la delirante danza de los divos,
la célibe escultura de la especie
de nada servirán mientras caemos,
ya sea para abajo, hacia la fosa,
ya sea para arriba, vueltos átomos
en la penúltima explosión de nuestros sueños
y en la última estación de nuestro miedos radioactivos.
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25 05 15