Es tan linda, tan dulce, tan serena
como mar cuando quietas van sus olas;
como rosa de mágicas corolas,
con las gracias de mística sirena.
Es su piel de magnífica azucena
con la suave tersura de amapolas;
sus cabellos poseen las aureolas
que tenía la virgen nazarena.
Ella tiene fulgor resplandeciente
que destila la estrella matutina;
y cautiva al mirarla muy sonriente
con su luz tan preciosa y cristalina;
que posee de amor la llama ardiente
que seduce, que encanta y que fascina.
Autor: Aníbal Rodríguez.