Carlos Justino Caballero

LA CASA DEL ÁRBOL  

                

    Había una vez… sí, había una vez, como en los cuentos, una casa en la copa de un árbol.

Era un “siempre verde” que le prestaba su sombra amable y con ramas escalonadas que permitían un fácil acceso.

   Estaba al fondo de la quinta y al lado del corral de donde llegaban ese olor a alfalfa y el relincho del caballo que hacen a mi recuerdo singularmente bello.

   La casita tenía dos niveles hechos con tablas que le daban la amplitud necesaria para mis juegos y descanso. Por cierto que no tenía techo salvo las hojas de un glauco intenso.

   Pero lo más atractivo, en mi niñez, era la distancia que ponía entre mis padres y mi independencia. Allí no había más reglas que mis designios y los horarios no eran nunca interrumpidos más que por mi voluntad. La soledad era mi compañía preferida aunque a veces permitía a mi hermano menor que subiera y ser parte de mi reino.

   Se podía divisar la calle cercana por un sector más ralo de la vegetación que se enmarañaba en el alambrado, algún  sulky que pasaba hamacándose en los pozos de la calle de tierra y  tirado por algún mancarrón de trote lento. También podían verse de vez en cuando bicicletas negras y pesadas de la época y circundantes ocasionales con el andar cansino propio de los pueblos.

   Del otro lado, no estaba lejos la acequia y también mi cañaveral escondido estaba cerca. Nos separaba la quinta donde se enseñoreaba justo en el centro ese árbol de caquis que me regalaba el dulzor de su fruta de naranja intenso.

   Pasaba horas allí dejando volar mi imaginación, esa rica imaginación de los niños, hasta que mi estómago decía que era hora de volver a la casa.  Sabía que me esperaba leche humeante y pan casero recién horneado y la vigilante mirada llena de amor de mis padres.

 

   Había una vez… sí… y ha quedado una profunda impronta en mi memoria.

 

 

De mi libro “De mi baúl y de esos cofres de luz”. 2016 978-987-4004-21-5