Jhon Deivy Torres Vidal

¡QUÉ ME QUEDA AL MORIR!

Ya quisiera morir al pie del cañón 

pero los pies del cañón (que además no los tiene)

son tan peligrosos y groseros

que amenazan siempre a otros,

y yo quiero el privilegio de morirme solo,

en santa paz, así.

 

Ya quisiera escuchar a mi corazón,

pero ahora mi corazón padece arritmia

y no lo entiendo. Solo escucho un tic tac,

un toc toc, un pom pom, o a veces nada.

Mi corazón es un nervudo y mísero reloj.

En decadencia irregular mi corazón se calla.

 

Ya quisiera cavar mi propia tumba,

pero mis conocidos no me dejan, no me ayudan...

además los muertos pertenecen más a sus deudos

y a sus deudas (si los tiene, siempre los tiene). 

La tumba de un cadáver es a un solo tiempo

propiedad privada y despojo público.

 

El que ha muerto es un huésped al que despiden,

que destierran o entierran los suyos y los otros,

y un foráneo al que hospedarán los gusanos 

devorándolo pacientemente y con respeto,

haciéndolo irrevocablemente suyo.

 

Quisiera también decirme \"descansa en paz\"

pero no puedo, no podré, nadie puede

descansar en paz sin sentir la ansiedad

-de pronto- de hacer algo, de enfrentar al mundo

y su problemas. Nadie quiere descansar para siempre,

como nadie quisiera vivir por siempre ¡Qué impósible!

¡Qué me queda, si al morir me voy para quedarme 

por siempre y para nunca en sempiterna espera!