De un tronco común, entre otros, venimos,
de un árbol recio, en Vasconia enraizado,
con ramas que hasta América llegaron,
tras de una triste diáspora que oímos,
con pena, relatar a los mayores,
algunos de los cuales, en un barco,
se fueron a vivir allende el charco,
en predios de Argentina, acogedores,
al norte de la inmensa Patagonia,
en busca de otro nuevo amanecer, optando el resto por permanecer
en su hábitat amado de Vasconia,
quedando así unos de otros separados
por ese ancho mar llamado Atlántico,
mas casi, diría, en modo cuántico,
genes aparte, como entrelazados
por un cariño mutuo, un sentimiento,
que en cálidas misivas cultivaron
y así nuestros mayores conservaron ardiente la llama a través del tiempo.
Con ese ejemplo inculcarnos supieron
sentidos de vínculo y pertenencia
que, a falta de la física presencia,
jamás, en tantos años, se extinguieron,
así es posible que hoy nos encontremos ya, pese al charco, con cierta frecuencia, y, como afortunada consecuencia,
de un gran cariño mutuo disfrutemos.
© Xabier Abando, 22/06/2018