Desperté con el mismo ruido
entre las manos,
ese olor tuyo siempre fiel,
desmantelando el silencio.
Y es que en la noche,
se nota mucho más
tu impresencia,
cuando la cama sólo
palpa una sombra
sobre su superficie,
quieto mar sin espuma
donde no canta el viento.
Del techo
cuelga una sola estrella,
y no quiere mirarme.
Regreso al lugar del sueño
de donde no te escapas,
esos anhelos míos
trenzados a tu pelo;
me aferro a tus caderas
libidinoso y terco,
y atento a mis sentidos,
ya te escucho llegar.
Eduardo A. Bello Martínez
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