Amada, esta noche
del barro he salido
para buscar en tu cajón viejo
la resignación encendida.
Traigo conmigo frutas de olvido,
para llenarte de mi ausencia.
En mis ojos locos
eres tinta obnubilada;
y te derramas en mí
como el aguacero
de octubre.
La casa y su techo de astros
entierran la noche en espirales
de humo, mientras las ventanas
se nublan y corren
tras tus cabellos cortos.
Eres bella, así;
acostada en la pintura del mundo.
Conmigo o sin mí.
Encadenado a tus manos
etéreas, somnolientas;
recorro la concavidad de tu rostro
y cierro mis párpados tristes
para comenzar a soñarte.