Danny McGee

TE RUEGO.

Te ruego.

“Hoy vente a dormir conmigo (por esta noche, te ruego): ¡quédate en mis latidos y en mi corazón de fuego!”

Ayer, solito en mi cama, miré, sin querer, el techo; pensaba en la ardiente llama de verte sobre mi pecho.
Te pude sentir despierta, despierta sobre mi piel, ¡qué alivio era ver ya muerta aquella distancia cruel!
Supuse que eras mi musa al ver tu desnuda espalda: te vi sin tu blanca blusa y sin tu celeste falda.
Y así, con un dulce abrazo y mi cara sobre tu tez, sentí que daba un pedazo del alma a tu desnudez.
Con una mano en tu cuello, te alzaba en un beso mío, y yo notaba el destello de aquel corazón que ansío.
Al ver que era tu sonrisa mi más preciada ilusión, podía sentir la brisa que inflaba a mi corazón.
Un beso trajo mil besos, y todos fueron surtidos; vibraban todos los huesos de nuestros cuerpos unidos.
Fui tuyo la noche entera, fui tuyo en un pensamiento, ¿Será que la primavera te trajo por un momento?
Por tanto beso candente, hiciste el amor conmigo, lo sabe el grillo silente que estaba como testigo.
Después de pensarte tanto, quedé solitario y triste, y así despertó mi llanto por algo que aquí no existe.
Tal vez por eso, en mi lecho, yo di el más terrible grito: miré, sin querer, el techo y dije lo que repito:

“Hoy vente a dormir conmigo (por esta noche, te ruego): ¡quédate en mis latidos y en mi corazón de fuego!”