Con solemne entusiasmo
al Señor del amor me encomiendo,
y con un ardiente culto
le pido asilo en su pedestal alto.
Por angosto sendero,
a cada paso le veo como un amigo,
en cada ocaso
y en mi tiempo apagado.
Así empezó todo,
con un diálogo tan sencillo,
que de lo minúsculo
le hice un verso hacia el infinito.
Él siempre va conmigo,
para elevar mi pensamiento a su cielo,
un celestial encanto,
que escucha mi voz y mi acento.