Ellie Woonlon

Poema de una depresiĆ³n observada

No le apetece hoy, siente que debe recostarse mirando al techo.

Y a su lado voy... teniendo en mente que quizá mañana no se levante del lecho.

Le doy la mano, no tiene energía en el cuerpo, no quiere saber nada de nadie.

¿Y yo qué soy, si no puedo ayudarle? Le hablo y su mirada ida dice que ya es tarde.

 

 

Aún conservo la esperanza, de que algún día su alma baje;

me explique por qué nunca llegó su bonanza, ese dulce brebaje.

Y que le quite ese sudor frío de la frente, con caricias suaves.

Confortándome con que todo estará bien, que ya volará libre como un ave.

 

 

No entiendo por qué le han dado esta jaula, y le castigaron con cuidarme.

El gato le espabila a veces, le maulla, o se sienta en su estómago a lamerse el pelaje;

pero cuando lo ve, logra que se espante dando sollozos punzantes, y el felino corre...

Es que no es lo mismo que antes, ahora todo le es gris, no ve colores.

 

 

Un día estará bien, sentirá que puede moverse con ligeros pies;

seguro que fuerza tendrá también, levantará pesas de cien.

Quizá escuche su propia voz, y pueda cantar tan lindo como ayer;

y me llame para dialogar alegremente, sin hablar de la muerte por una sola vez.