Miguel H.

También los patos bailan

Cuando uno no sabe bailar

los cactus se empeñan en tapizar el suelo.

Levantar una pierna

Tratar inútilmente de mantener el equilibrio

como un trompo en su último estertor.

Caer.

Intentar zapatear un huayno o un carnaval.

Imitar el cortejo de un pato.

Caer.

Estirar las piernas

en tiernas hipótesis de dolor.

Escamarse la alegría

y aguaitar la ajena.

La sutileza de una pluma

marcando el ritmo del juego.

Elefantes de azul allanando la pista

o ratones temerosos tentando el aire

de la inalcanzable esquina del apatismo.

Puedes gritar hasta desgarrar la tristeza

como un Arguedas con dolor de pueblo

o una Fitzgerald con dolor de negro.

Pero si no sabes bailar

y no tienes los pies hechos raices

ni telarañas taponando las orejas

puedes tan sólo seguir el ritmo de la sangre

y dejar salir un grito de guerra

mientras pisas a los demás

o conviertes la cabeza

en una alegoría del cuerpo:

¡Oh sí, beibe!

Eso,

si eres valiente.