¡Que armonía sonaba aquella noche
que su cuerpo en mis brazos palpitaba;
y la luna, en el cielo como un broche,
su figura perfecta iluminaba!
Escuchamos las voces del arcano
que entonaban un himno a los amores;
y sus notas tenían lo gitano
de las trovas repletas de fervores.
El ambiente vestíase de seda,
cobijando los sueños que nos brotan
de la bella ilusión, que nos hereda
esas flamas de amor que nos agotan.
En alfombra de pétalos de rosa,
bajo un cedro robusto y milenario;
disfrutaba la gloria luminosa
de su beso, con savia de nectario.
Hoy su voz la recuerdo tan serena,
entonando de un vals su ritmo lento;
con aquella ternura de agarena
ofreciendo a su Dios su sentimiento.
Con las hondas de luz de las estrellas,
se mezclaban las ondas de sus ojos;
que radiantes, magníficas y bellas,
esparcían de ensueños sus manojos.
Con mis manos cubiertas por las suyas,
¡cuantos versos nacían en mi mente!
empapados de tiernos aleluyas
que adormecen el alma tiernamente.
¡Cuanto hechizo tenían sus miradas!
¡Cuantas mieles habían en su boca!
Sus suspiros salían en cascadas
despertando ansiedad ferviente y loca.
Más los sueños de pronto desvanecen,
como el viento, en la atmósfera se esfuman;
y nos dejan estelas que estremecen
y las fibras del alma nos abruman.
Ondulante miramos que se marcha,
del amor, su preciosa melodía;
y tristeza nos cubre con la escarcha
de la fiera y mortal melancolía.
Y sintiendo las garras del destino,
poco a poco el hastío va llegando;
y se llena de cardos el camino
donde vimos la luz de amor brillando.
¡Y nos queda grabado en la memoria
el recuerdo de aquel feliz pasado;
que convierte la dulce y bella historia,
en un canto de lágrimas bordado!
Autor: Aníbal Rodríguez.