A ti que me has enseñado a vivir
y también a medir, a juzgar, a mentir
y a interpretar tus deseos y silencios...
A ti que me ayudas a comprender
el estruendo de las tormentas
y las horas pobladas de reveses.
A ti que me dejas amarte de esta forma infinita,
inagotable, inimaginable y sencilla...
Y cuando me pierdo siempre tiras del cordel.
A ti, la que siempre al final se ausenta
para que yo aprenda a interpretar lo que su corazón
me cuenta, lo que resbala de las pupilas de sus palabras.