Deambulo en el gris invierno,
luchando contra el ensueño
y desperdiciando el oxígeno
en medio de un caos violento.
Me rodean terroríficos rostros
de expresiones poco amigables.
No poseen ningún matiz:
no son más que homicidas desnudos.
Las palmeras son viejos edificios,
los silencios son chirridos brutales.
No soy más que vacío en un escape de siete minutos
capaz de mostrar el lado oscuro de la luna.
Las memorias arden,
y la belleza negra me azota
con los furiosos látigos de la realidad
y su afilada voz de navaja.
Finalmente, me quedo ciega desde el alma,
buscando una recompensa que no merezco.