Con esencia de efluvio nardino
cada tarde un poema le enviaba;
que en palabras sublimes llevaba
mi delirio de amor vespertino.
Eran cantos con magia de un trino,
del zorzal, que a la rosa cantaba;
y con ansias febriles soñaba
anidar en su estambre divino.
Con el ritmo de dulces rondeles
le juraba mi amor palpitante;
con la idea de abrir los dinteles
de su casta figura excitante;
y ofrecerle los tibios doseles
de un idilio voraz y enervante.
Autor: Aníbal Rodríguez.