Gonvedo

POEMA EN CUARTO Y MITAD PARA PENTAGRAMAS Y VIOLINES AUSENTES

Amagaban los galgos

entre la ensoñación canicular

y el roído hueso

que hace regurgitar el hambre.

Y los galgos

corrían por mis venas

como risueños torrentes.

Después apenas queda el hambre

como otro invierno y sus astillas.

Hay una canción de vida y muerte

cuando el viento viene y va

atravesando puertas y ventanas,

de labio a labio,

hasta llegar al mar

y morir en la eternidad de sus orillas.

Su perenne tristeza,

mueve a un llanto cálido.

Entre nosotros aún ha de pasar la noche,

y cada noche es una estrella con la luz en voz baja,

confundida en un aguacero de luciérnagas,

aún ha de quemarse la luna

bajo los soportales,

y cargarse de nubes el cielo quejumbroso

para que las lluvias nos lleven

más lejos de estos cerros,

allí donde los ríos terminan

bajo las arenas de playas derrotadas,

donde, entre el humo de las nieblas,

se borra cualquier horizonte

y nuestros pies cansados

imaginan el día ya vencido.

A ese lugar donde las ramas de los árboles

desnudan de su piel los bosques,

y a donde hay balcones detrás de los armarios.

Nuestras bocas se humedecen

con cada palabra de ese aroma

a besos escritos en cursiva,

y, entonces, presumimos que el amor existe,

y es inmortal.