Luces inmóvil, casa, abandonada
al final de una delgada
vereda de Tlalpan.
Nadie habita tu interior
de espacioso fantasma.
La guarnición
-enmohecida en tus cortinas-
pareciera suplicante y
con sus lágrimas de polvo pedir
una mano que a éstas corra
cuando, de día, el sol va quemándoles
la nostalgia
olvidada entre sus hilos.
Aparece la luna en tu traspatio
y fúnebres macetas guardan
los restos
de las bugambilias muertas.
¡Ay de ti, mole altiva,
en la hora adormecida
del naufragio y del derrumbe!
¿En qué momento tu regazo
terminó siendo un absurdo hueco?
¿Desde cuándo
enmarañados cabellos
fueron creciendo en tu jardín, oscuro
como habitación de alimañas?
No lo sé.
Sólo sé que el tiempo, escurrido
en tus muros viejos,
es el más bello paisaje
que vino a habitar mis ojos.