Tú me dijiste que me querías
en aquella tarde de verano;
y arrullaste mis heridos ojos,
y emané de tus cálidos brazos.
Tus frases eran pura ternura,
y mi corazón palpo en mármol.
Pero por tímido no le trove
a tus labios de regazo blanco.
Y ahora te observo, en silencio,
a través de versos empapados;
y de mi costilla germina una flor
que inunda el mar de los barcos.