Las torres de las Iglesias,
airosas, gallardas y aristadas,
como disciplinantes
tapices geométricos
escarpados en las montañas,
recorren el camino sombrío
con el sonido melancólico
de las campanas,
y se elevan,
orgullosas, al cielo,
abrazando al hombre perdido.
Sin anhelo,
el alma se ahoga
en la incipiente aurora.
Es la vida en el cadalso
sin esperar que
notifiquen el indulto.
Olvido implacable.
Hombres de frontera,
renegados,
con paso solitario,
en una tierra de nadie,
reyes silenciosos
de una tierra sin nadie.
Pero cuando las campanas
tocan a rebato,
todo mi pueblo,
sobre el aire calcinado,
con un grito de furia,
baila viejas danzas tribales
dando vueltas infinitas,
guardando sus libertades
sin cobrar tributos.