Me había estado preguntando
por qué me importaba cuándo
cómo y por qué tú volverías,
por qué había un vacío si faltabas,
por qué cuando no estabas
se hacían tan tristes y largos mis días.
Si lo nuestro era algo de amigos,
si el trato que tuve contigo
siempre fue tan simple y llano;
si de nada hacíamos un bochinche,
parecíamos siempre compinches,
tú mi compañera y yo tu hermano.
¿En qué momento cambió
un sentimiento que yo
lo veía siempre tan firme?
¿Por qué ahora es inmenso
el deseo cuando te pienso
y no quiero arrepentirme?
¿Cómo pudo ocurrirme esto?
No quiero pensar en el resto
de las cosas que han de cambiar.
Me pregunto al encontrarte,
de qué manera he de hablarte
y cómo te voy a mirar.
Ya no podré ser el mismo
porque tendrá dimensión de abismo
la diferencia entre pasado y presente.
¡Ni tomarte la mano siquiera!
Y pensar que ese gesto era
de lo más normal e inocente.
Pero ahora no habrá inocencia
porque en nuestra conciencia
vivirá la ilusión de amarnos
y no vamos a irnos,
porque eso sería mentirnos
y cobardemente negarnos.
Tú lo tienes a él
y ya no puedes serle fiel
por culpa de lo que provoco
y como cuando pierdes algo tuyo,
no lo dejará perdonar su orgullo
ni el de ella a mí tampoco.
Esta conversión de la amistad al amor,
esta locura, mezcla de pasión y dolor
porque sentimos que en algo fallamos,
esta prohibida felicidad
creímos que era amistad,
pero nos equivocamos.
O en algún momento tal vez lo fue,
pero por cosas que no sé
cómo se fueron construyendo,
cómo, por qué ni cuándo,
sólo sé que nos estamos amando
¡y por tanto amor muriendo!