Parecía perpetuo en su silla,
parecía eterno con su sombrero oscuro
que ahora sobrevive como un desesperado pozo
buscando el día;
Parecía trepar el silencio de lo lejos
y estar siempre sin heridas.
Parecía que iba a estar siempre allí,
esperándome…
¡Padre mío!
¡Hierro sentimental que ahora dormita!
Me ha parecido que la casa duerme,
ahora que llego oscuro y sombrío.
¡Y me recibe la luz de su retrato que sonríe!
Ahora que siento el movimiento de la tierra
y la noche se astilla
dejándome una negra herida;
Me viene de frente al corazón los ecos de una voz
que se aleja y en la memoria
germina un peso que goza en la sien
de mi tristeza.
¡Debe ser que una parte de mi comienza
a sentir frío…!
¡Debe ser que una parte de mi empieza
a vivir con la otra muerta!
¡Ah, su soledad! -tan diferente al de mí hermano-
era como si saliera de un árbol sin verde,
con nidos de almas perdidas
y raíces minerales de larga arena.
¡Oh su silencio! con su aire de oscura congoja
astillaban los tímpanos,
en las tardes que nos juntaban los recuerdos.
¡Padre mío! ¡Qué será de mí!
¡Ahora que me he quedado sin esencia
y ya no hay ayer que me abrace!
¡Que seremos sin ti!
Ahora que no hay noticias
y nos lamen todos los crepúsculos.
La naturaleza de mi soledad
tiene todos los rostros de la pena y abre su boca
en mi costado, con todo,
con su hueso alegre,
mientras se astilla la perpetua noche
en todos los ojos cargados
de largo y seco llanto.