He sucumbido a alguna osadía, y también a algún temor y también me he dado de bruces con la misma realidad.
He visto más gente que personas en mi vida pero sólo las personas han calado en mi.
He respirado el olor a tierra mojada, a un buen café recién hecho, a el olor de la brisa marina y al sabor del azúcar y la sal.
He visto campos de flores que olían a esperanza y praderas, valles y montañas salpicadas de alegría y júbilo.
Y sin tocar nada, la piel ha sentido toda la vida que ahí afuera se nos brinda.
He sonreído, he llorado, he amado, he perdido, he ganado, he luchado y muchas tantas me he rendido.
Pero sé que todo forma parte de ese instante, de ese deseo o de ese darse por vencido cuando la mente gana a este tierno corazón herido.
Pero en todos y cada uno de ellos me he adaptado... porque sé que todo saldrá bien de nuevo.
Con otra forma, en otra piel o en otro lugar.
Sé que la esperanza nunca se agota, si somos capaces de apreciar todos esos colores que la vida nos regala.
Y comprender y aprender de todo lo que nos quita.