Fue un tropezón,
sin duda, involuntario,
donde ocurrió.
Nos conocimos,
así de esa manera,
por vez primera.
Vino el perdón,
de prisa a nuestros labios
y las disculpas.
Unas sonrisas,
mezclaron las palabras
en nuestros ojos.
Y hasta un café,
tomamos para, luego,
sellar la paz.
Y dio comienzo
la eterna primavera
de nuestras almas.
Fuimos felices
viviendo aquel presente
como regalo.
Y nos amamos,
cruzando sentimientos
y obligaciones.
¡Qué hermosos versos
trazaron las dos almas
con sus latidos!
¡Cuántos suspiros
los labios soportaron
y compartimos!
Hoy me estremezco.
Recuerdo aquella escena
y vivo el sueño.
Rafael Sánchez Ortega ©
28/09/23