Mercedes Bou Ibáñez

El Maki

 

El Maki

Hay un gran peso en su alma 
y una mirada perdida
fijada en el horizonte,
mas no sabe donde mira.
Le pesan mucho los años
de tantas cosas vividas
que muerden como lagartos
en sus ajadas costillas.

Al terminar la contienda
su padre echó cuesta arriba,
en busca de las montañas
para resguardar su vida,
¡cuántos llantos de su madre
mirando hacia las colinas!

En la escuela con crueldad;
¡Hijo de maqui decían;
como Maki quedarás
por el resto de tus días!

En las noches de verano
el Maki a sus nietos cuenta
las cosas de su niñez,
que con delirio recuerda,
mientras araña su mente
aquella ausencia paterna
y aquel hogar destrozado
por una maldita guerra.

Les dice que siendo niño
nunca supo con certeza,
el cuándo trocó su abuelo
la sonrisa por la pena.

Aquella voz temblorosa
antaño una voz muy recia,
entre susurros le hablaba
de aquel su amigo de letras,
aquel que una noche fría
le mancharon la chaqueta
con cinco rosas de fuego,
en aquella noche negra
en el olivar del miedo,
aquella noche nochera
que tronaron en los cielos
repiques de castañuelas
y los gitanos pintaron
de rojo las azucenas.

Dice que nunca gustó
el tener que ir a la escuela
que prefería quedarse
con su abuelo en la placeta.
Dice el Maki que admiraba
las manos grandes y prietas
del abuelo en la garrota,
manos de sangrientas venas
que sabían del esparto
y de hielos en la vega. 

-Abuelo háblame otra vez
de esos años de tristeza,
¿por qué mi padre marchó
para esconderse en la sierra?
¿Y sí es verdad abuelito
que conociste al poeta?
¡Dime abuelo por favor
y cuéntame cómo eran!- 

Los lagrimones brotaban
por los arcos de sus cejas.

«El uno era el mejor lirio
que tuvo nunca la vega,
hermoso palomo blanco
con alma de Magdalena,
era ese fresco rocío
que de paz el alma anega.

El otro era ese buen hijo
que todo padre quisiera
y a tiros cayó abatido
allí en aquella arboleda,
el mismo día Antoñico
en que se murió tu abuela,
bajó para despedirla,
pero acechaba la Negra...

Y Federico un agosto
se marchó por la vereda,
esa que lleva las almas
a gozar la vida eterna,
una mañana de truenos
que soplaban en la vega,
los remolinos del viento
de fieras con capas negras».

Las lágrimas del abuelo
llenaban toda la alberca...

Y siempre acaba llorando
el Maki, cuando lo cuenta...

Mercedes Bou Ibáñez