Yo muero extrañamente
cada mañana,
y no es la muerte
quien me mata.
Muero por el cristalino reflejo
que el mar
proyecta en tus ojos.
Muero en cada tarde,
sin remedio,
cuando el crepúsculo
marca en tu frente
un cielo repleto de besos.
Tú me quieres lleno,
lleno de rosas,
tardes y espinas.
Yo te quiero en un vergel
de tormentas
y en el viento sereno.
Y muero de nuevo
con una sal de versos,
con la flor primera
que nace en tu pecho.
Y muero sin morir
por respirar presente,
ese perfume incauto
que desprenden a la aurora
los poros de tu cuerpo.