racsonando

¡La hora cero!

 

 

 

¡LA HORA CERO!

(En el reloj son las seis de un tiempo invertido)

Me miras,
y el aire se deshace como un velo de seda,
las sombras bailan en la pared desnuda —fantasmas de otro siglo—.

Te miro,
y en mis ojos descansas como un canto olvidado,
un eco de risas perdidas y promesas que el viento se llevó.

(Entre ramas de invierno, el amor tiembla.
La luna en tus pupilas: espejo roto que guarda secretos.)

Me hablas,
y tu voz es un río sin orillas,
un murmullo que nace donde mueren las distancias.

Te hablo,
con palabras de mar y ceniza,
susurros que se mecen como olas en la memoria.

(Y te busco, navegante que descifra el cielo,
mientras el tiempo —lento peregrino—
es perfume de azahar entre mis dedos.)

Me escribes,
y cada letra es sendero en la arena,
eco que se pierde bajo cielos desvelados.

Te escribo,
con tinta de inviernos,
con manos que aún tiemblan al nombrarte.

Me dices,
y el tiempo se quiebra como vidrio bajo la lluvia,
las horas en espiral —nunca terminan—.

Te digo,
y mi voz es viento sin mapa,
suspiro que navega hacia tu latido.

Me besas,
y el mundo se disuelve en un instante:
el abismo solo es rumor de hojas cayendo.

Te beso,
con la prisa de quien sabe
que la eternidad cabe en un destello de labios.

Tú acá:
susurro de luz en mi penumbra,
iluminando las sombras que me habitan.

Yo allá:
cometa errante que busca hogar
en tu constelación de silencios.

(En el reloj son las seis de un tiempo invertido,
donde cada tic tac es latido de eternidad.
El futuro se dobla sobre el pasado,
y el presente—
un suspiro que no llegó a ser palabra.)