“A veces, no son necesarias las palabras,
a veces, no son necesarios los senderos,
en el desierto se aprende a mirar
quizás, basta un segundo de silencio,
o una mirada presente”.
Parecía un montículo de arena viva,
el zorro, había aprendido
a una invisibilidad,
sus ojos se mimetizaban con el sol,
su mirada parecía dos faros,
iluminaban un camino,
que el joven no podía ver,
con lentitud empezó a visualizar,
siguió su paso, lento y alerta,
parecía ser guiado
por los senderos de una brisa.
Había aprendido,
lo que el zorro le enseñaba,
“Cultiva tu mirada,
para ser parte del entorno”.
El joven antes buscaba
las huellas del camino,
pero comprendió:
volverse invisible,
era otra manera de sobrevivir.
El zorro no dejó señales,
apareció sin perturbar la arena,
respiraba como el viento,
existía sin sombra.