Siempre pensé que eras una hoja.
Una hoja caída,
marchita que llora.
Que llora y deja al viento
domar con su látigo
invisible y trastornado
su pasado,
su destino,
su corazón.
Sigue.
Sigue llorando.
Cae.
Sigue cayendo.
Muere.
Sigue muriendo.
Deja que mis manos
te dañen…
¿Otra vez?
Otra vez.
Una y otra vez.