El lazo común nos une, invisible y fuerte,
tejiendo entre nosotros la fuerza de la suerte.
Cada uno con su historia, su lucha, su voz,
pero al final del día, nos encontramos en lo mismo, todos somos uno, todos somos voz.
Es en las batallas donde el alma se revela,
el cansancio es el mismo, la esperanza se desvela.
En las victorias, las risas se multiplican,
y en las derrotas, las manos se extienden y se acercan.
El lazo común no se ve, pero se siente,
es un abrazo que trasciende lo evidente.
Es en la ayuda mutua donde crece nuestra fuerza,
donde aprendemos que la unión nunca se dispersa.
En las diferencias encontramos riqueza,
y en los sueños compartidos, nuestra grandeza.
El lazo común es la red que nos sostiene,
un hilo que conecta y que nunca se detiene.
En los días grises, cuando la luz parece ausente,
sabemos que el lazo está allí, firme y presente.
Porque, aunque el camino sea largo y pesado,
el lazo común nos mantiene siempre elevados.
Es un susurro en el viento, un eco en la tierra,
es la fuerza silenciosa que todo lo cierra.
Y aunque los pasos sean distintos y variados,
en el lazo común estamos siempre ligados.