Edsan el poeta

SOY EL MARINERO DEL TIEMPO

Soy el marinero del tiempo, navegante de las corrientes invisibles que fluyen entre las estrellas y el alma. Mi viaje es de hermosos sueños, cada uno una isla perdida en un océano de recuerdos, de momentos no vividos y de destinos aún por escribir. En cada amanecer surco las aguas del pasado y del futuro, donde las olas son susurros de antiguas historias que esperan ser contadas.
El viento que acaricia mi rostro no es solo aire, es la voz de todos los que alguna vez caminaron antes que yo. Los mares que cruzo no son simples aguas, son los reflejos de aquellos momentos eternos que se escapan de nuestra memoria y que yo, como marinero, debo recuperar. Cada puerto al que llego, cada rincón desconocido que descubro, está lleno de secretos que susurran a mi oído, revelándome los destinos que ni el tiempo mismo se atreve a desvelar.
En mi barco, que no es más que una nave hecha de sueños, me acompaña la quietud de las estrellas. Ellas me guían, pero también me enseñan a ser paciente, porque el tiempo, aunque eterno, siempre tiene algo nuevo que mostrarme. He visto civilizaciones nacer y desvanecerse, he tocado las sombras del futuro y las luces del pasado, pero lo que más me sorprende es lo que está más allá de todo lo que conocemos: los momentos perdidos en las corrientes del tiempo, aquellos que nunca volverán, pero que habitan en mi corazón como dorados recuerdos.
Mi viaje no tiene fin, porque el tiempo es un círculo, y yo soy su eterno marinero. Pero lo más hermoso de todo es que, a pesar de la inmensidad del mar, cada día me despierto con la certeza de que cada ola, cada estrella, cada sueño que navego, es una nueva oportunidad para descubrir lo más profundo de lo que soy y lo que seré. El tiempo no es solo una línea; es un misterio que se desvela con cada respiración, y yo, el marinero del tiempo, soy el único que se atreve a seguir sus rutas secretas.
Y mientras navego, en mis noches solitarias, escucho el eco de voces que ya no pertenecen a este tiempo. Son las voces de aquellos que, como yo, alguna vez fueron viajeros, buscadores incansables del sentido profundo de cada segundo. Sus palabras se entrelazan con los susurros del viento, me guían y, a veces, me desafían a recordar que, aunque el tiempo avance implacable, todo lo que hemos vivido nunca desaparece realmente. Está ahí, guardado en las ondas del mar, en los pliegues de la memoria, esperando ser revivido por aquellos que se atreven a escucharlo. En cada puerto, en cada rincón que exploro, hay una nueva pieza del rompecabezas del universo, y mi misión es encontrarla, una a una, mientras el reloj avanza sin prisa pero sin pausa.
En la inmensidad de los mares del tiempo, descubrí que no se trata solo de llegar a un destino, sino de aprender a vivir con los giros y las corrientes impredecibles. No hay mapas para navegar este océano sin fin; cada ruta es nueva, única, y cambia constantemente con cada decisión que tomo. He aprendido a escuchar el latido del tiempo, a ver en cada reflejo del agua una nueva posibilidad. Y así, mientras sigo mi viaje, sin un final previsible, me doy cuenta de que soy más que un marinero. Soy parte de este vasto flujo eterno, un testigo y un creador, navegante y soñador, buscando la belleza que se oculta en cada fragmento de historia, en cada rincón olvidado del tiempo. Porque al final, lo que busco no es un puerto fijo, sino la libertad infinita de ser parte de la danza cósmica del universo.