Ambos aprendieron amar,
en la ausencia de ambos.
El vive,
en las fisuras de una taza rota,
los hilos de la costura de un abrigo,
en las cuerdas
de una guitarra adolescente,
o la fotografía agrietada en un libro.
Cuando no encuentra un lugar,
deambula entre caminos,
no busca en la piedra helada,
ni en muros sin ventanas,
ni en flores silvestres sin claridad.
Aunque cause dolor el amor se queda
no pide permiso,
se cuela por lugares inesperados,
como la brisa que no percibes.
Su habitación es una respuesta
que solo te explica:
ningún lugar es propiedad del olvido.
El último suspiro no es el final del amor,
es solo el cambio de aureola de la brisa.