Te miro y te deseo, aunque no mucho,
pues todo lo que ignoro me importuna,
incluso esa atención que, por fortuna,
dispones hacia mí en gentil cartucho.
Entonces tú te acercas y yo lucho
por no exteriorizar flaqueza alguna,
que en lobo me disfrazo si a la luna
le da por irrumpir en mi cuartucho.
Así nos mantenemos un segundo:
yo a punto de perder la compostura,
tú espléndida quitándote los guantes.
Pero alzas la mirada, me confundo
y acabo quebrantando esta censura
que impide hacer tus labios colindantes.
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En Salamanca, a las 5:33 del 6/2/2025.
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