Canceladas las visitas de sus musas, al fin tan solo como el único del mundo, Toni Roi pudo iniciar su conversión. Más tarde una de eyas, la más suspicaz y austera, iría a su encuentro sin saber del desconcierto general que tal acto le acabaría propinando, pero hasta entonces disponía del tiempo necesario para brincar la verja del jardín prohibido y morder la manzana del amor.
Tomó la forma de un lobo antropomorfo y surcó velozmente los campos de gladios como una sombra en su territorio: la noche.
Al regresar a su punto de partida una curiosa casualidad (que me excuso de contar por razones poco obvias) le causó unas ganas imperiosas de impresionar a la chica en su primer encuentro, a Lilia, realizando el cambio de piel a su vista, pero cedió riendo cual enfermo febril.
Ciertamente eya era extraordinariamente linda, y frívola. Toni Roi, tras una ruborizante presentación, le dijo: ahora tengo cosas que hacer, me han yamado por la mañana reclamando mi presencia en la agencia celestial, y tengo que ir obligado porque los diablos no se están tranquilos en el infierno. Lilia al parecer lo tomó por loco y se enamoró al instante, ésta es la cruda realidad del sentimiento, que casi siempre es tan contradictorio cuando se obtiene en esos lares, en esa caye reticular perteneciente al Barrio Bajo Suelo.
Las arañas y las brujas anidaban en los barrocos recovecos, revuelo de abejas hambrientas entre los zarzales y brotando como hiedras dentro de los gordos arbustos, maraña de bocas cosidas siguiendo los pasos de sus respectivos reflejos pasados, rajas en el viejo asfalto, rugientes motos perezosas como sus amos humanos, mondas de naranja en el alféizar bajo una ventana abierta al fascinante panorama
Toni Roi está detrás de las cortinas y no sé qué será lo que piensa, y tal vez ni él lo comprenda pero intuye que no existe fuera de mi cabeza