Guardados en mi alma, tengo muchos secretos.
Unos míos y otros, los más, habitan en custodia.
Mi oficio me obliga a proteger muchas historias.
A cada paciente, le otorgo, un absoluto respeto.
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En el proceso terapéutico, se adopta, la custodia.
Todo intercambio se da, con absoluta privacidad.
En la sesión se preserva, la escucha y la memoria.
La tarea del orientador va más allá de la amistad.
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Cierto que, la tarea del asesoramiento, es difícil.
Más aún, si el asesorado, se resiste a expresarse.
Contarle a un extraño, tus secretos, no será fácil.
El intercambio, serio y honesto, ha de propiciarse.
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El acto terapéutico, es un acto de fe e intimidad.
El intercambio profesional, jamás, será de amistad.