Te esperé, como espera la sombra la piedad de un farol,
como el río que anhela la caricia del sol.
Te esperé bajo el árbol de una tarde olvidada,
con la vana esperanza de un milagro sin voz.
Te esperé cuando el viento deshojaba mi vida,
cuando el último sueño se tornó en despedir.
Te esperé sin palabras, con las manos vencidas,
pero el alma, obstinada, no aprendió a decir no.
Te esperé tantas veces que olvidé mi espera,
tantas veces que el tiempo me dejó de contar.
Y aunque sé que tu sombra nunca rozará mi alma,
todavía en mis noches te presiento llegar.
Porque el alma que espera no conoce razones,
ni la herida que sangra se resiste a doler.
Y aunque sé que tu ausencia me ha escrito canciones,
te espero… sin remedio, pero hasta el amanecer.