Qué suerte que la musa en un poema llegue sin previo aviso, sin normas, sin planes, sin cita formal, que no le preocupe si hay brillo o abismo,
si el alma es de mármol o de cristal.
Qué suerte que no pida credenciales, ni versos perfectos, ni un título honrado, que ignore academias, discursos, rituales,
y ame lo errante, lo mal trazado.
Solo que un día, sin explicación, te toque el hombro con su fulgor, y entonces la pluma cobre razón, como quien cruza, sin permiso ni temor, una esquina cualquiera, sin otra intención, y encuentra en la sombra su gran amor.