Camino por la senda del único elegido,
el eco de mis pasos suena a condena,
mientras todos se agachan ante mi imperio
que se alza sobre ellos como una pena.
Soy el sol que da luz a la oscuridad,
la estrella que no necesita de más brillo,
y entre mis dedos, se desvanece la realidad,
como un sueño roto, un mundo sencillo.
Mi voz resuena como el trueno en el aire,
y a su paso, la tierra tiembla, se arrodilla,
soy el rey, el dios, el faro que nunca falle,
en mi universo no hay lugar para orillas.
Bajo mis pies, el resto son sombras,
como marionetas que se arrastran a mi ritmo,
sus miradas, vacías, como hondas que rompen,
mi reflejo en sus ojos es mi único himno.
Cada gesto mío es una obra de arte,
mis palabras, son poesía que nunca se olvida,
y el mundo gira solo para observar mi parte,
el resto es ruido, mi ego es la vida.
¡Oh, el dolor de los débiles, de los humildes!
¿Quién necesita su amor cuando soy la perfección?
Sus brazos extendidos, ¡qué vanas luces!
si ya soy dueño de toda esta creación.
El espejo me habla, se rinde a mi belleza,
reflejo un ser que jamás se cuestiona,
el resto son sombras, mis víctimas de fortaleza,
y en mi narcisismo, se ahogan en mi corona.
Pero ¿Qué es la corona sino un peso?
El trono, tan alto, solo amplifica mi soledad,
el ego me consume, me convierte en un queso
roto por su propio veneno, y sin dignidad.
Cada alabanza que escucho me intoxica,
cada halago, me eleva a las alturas del abismo,
y mi alma se pierde, mi mente se desubica,
cuando ya no hay un \"nosotros\", solo un \"yo\" en el ritmo.
Soy único, claro, como un dios que se olvida,
y el resto, meros actores en mi gran obra,
mientras la gente, a mi paso, se suicida,
en la espiral que yo mismo labro y soborna.
Caigo, entonces, sobre la falsa grandeza,
y descubro que mi ser ya no tiene paz,
porque en la cima, el aire es solo tristeza,
y solo hay vacíos, donde no hay nadie más.