JUSTO ALDÚ

CUANDO EL AMOR NO TIENE NOMBRE

—Si hay alguien que tiene un impedimento para que la boda de Damián y Rosaura se lleve a cabo, que hable ahora o calle para siempre —dijo el sacerdote con solemnidad.

El silencio en la Basílica de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María de León en Nicaragua fue sepulcral hasta que una voz quebrada irrumpió con un grito desgarrador.

—¡Yo! ¡Yo tengo un impedimento!

Los presentes voltearon con asombro. En el umbral de la iglesia, una mujer de cabello oscuro y ojos llenos de lágrimas se aferraba al respaldo de una banca, temblando.

—¡Él es un hombre casado! —exclamó con desesperación.

Un murmullo recorrió la iglesia como un eco imparable. La novia, Rosaura, sintió cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba. Con manos temblorosas, se quitó el velo y salió corriendo por el pasillo central, entre sollozos.

Damián, el hombre hasta ese momento destinado a ser su esposo, quedó paralizado. Sintió un sudor frío recorrer su espalda y sus piernas flaquearon. Se dejó caer en la banca más cercana, aturdido.

—¿Qué hago aquí? —murmuró, más para sí mismo que para los demás.

La madre de la novia se acercó con paso firme, su rostro endurecido por la rabia y la confusión.

—¡Damián! ¿Qué significa esto? —exigió saber.

El hombre levantó la vista y con expresión extraviada, respondió con un hilo de voz:

—¿Damián? ¿Quién es Damián? Me llamo Rubén…

Las palabras dejaron a todos helados. Un nuevo murmullo llenó la iglesia. Rosaura, ya fuera del recinto, se detuvo en seco al escuchar aquellas palabras y giró sobre sus pasos.

Las imágenes comenzaron a agolparse en la mente de Rubén. Un choque. El sonido ensordecedor del impacto. Luces. Oscuridad. Luego, el aroma a heno y la cálida sensación de un refugio… el granero.

Recordó el accidente de moto frente a la hacienda algodonera, la imponente casona donde Rosaura vivía aislada del mundo. Recordó haber despertado en aquel lugar, sin memoria, solo con la presencia de aquella mujer de ojos grandes y melancólicos que lo miraba con devoción. Rosaura.

Ella lo había cuidado. Le había dado un nuevo nombre en el registro público con su fortuna. Un nuevo propósito. Un nuevo amor. Y él, sin recordar su pasado, había aceptado aquella vida, se había enamorado de ella y había olvidado que, en otro lugar, una esposa lo esperaba. Tanto así, que una tarde mientras se bañaba desnudo en un río cercano, ella lo abordó, se deshizo de sus ropas y le entregó lo más preciado entre suspiros y sobre la hierba, pero ahora su corazón latía desbocado mientras la verdad se desenredaba en su mente. Se llevó las manos al rostro, sintiendo el peso del engaño, aunque él mismo había sido una víctima del destino. Como en las mejores novelas Corin Tellado.

La esposa de Rubén, la mujer que había irrumpido en la iglesia, se acercó con lágrimas en los ojos.

—Te busqué por meses. Creí que habías muerto… —susurró.

El sacerdote, aún impactado, cerró lentamente el libro sagrado y dio unos pasos atrás. La boda estaba, evidentemente, cancelada.

El padre de Rosaura, un hombre de porte imponente, miró a su hija con dureza.

—Empacará sus cosas hoy mismo. Mañana sale del país. Esto no volverá a pasar —sentenció.

Rosaura no protestó. Sabía que no había nada más que hacer. Su amor, nacido de la desesperación y la soledad, no tenía cabida en la realidad.

Rubén, aún confundido, fue llevado a una revisión médica exhaustiva. El  médico dictaminó amnesia por trauma cráneo encefálico. Con ayuda profesional, logró recuperar completamente su identidad y su vida. La historia se supo y su esposa, tras mucho dolor y comprensión, decidió perdonarlo, entendiendo que su amor por otra mujer no había sido intencional, sino una cruel jugarreta del destino.

Rosaura, en cambio, desapareció del mapa. Su padre la envió lejos, donde nadie supiera de ella, donde pudiera empezar de nuevo.

Rubén nunca volvió a verla, pero en las noches, en la intimidad de su habitación, a veces creía escuchar su nombre en el viento.

 

JUSTO ALDÚ

Panameño

Derechos reservados / febrero  2025