En los prados limítrofes de Jedo,
dos figuras erguidas se preparan
frente al lance mortal donde se aclaran
sus disputas según su santo credo.
Como el río que fluye con denuedo,
la pareja de sombras se comparan
con un ligero gesto al que declaran
su vida y su razón en el enredo.
Con el claro de luna en las catanas,
dos silbidos separan la corriente,
vertiendo una rivera roja al suelo.
¿No son las decorosas luchas llanas
a la vida una triste broma hiriente
si ambos guerreros mueren en el duelo?