En su espalda deslizaba mis dedos,
sin pensar.
Simplemente
vivía lo que es ser feliz,
y sin miedos, ni esperanzas.
Hoy al cerrar mis ojos,
lo veo, como dibujos,
están en la oscuridad,
parecen sendas,
y vientos de tardes.
Ella dormía,
yo me aferraba a su piel y calor,
como un naufrago,
olvidaba el grito del abismo,
y la inmensidad eterna,
sus labios,
me daban calma,
sentí que ya nada importaba tanto,
porque tenía su abrazo y su corazón.
Los remolinos de esos dibujos,
rebotan con su imagen,
le hablo,
quizas, también ¿me hablaría?
en esas noches que sabemos,
que la distancia
es lo único que nos queda.