Sonando cual pasodoble
en estanques tintinantes
de fragancia petricor,
augura el final innoble
la llovizna desbordante
a unos tomos sin lector.
Varados sobre madera,
retruenan muros de cuero
que amparan versados folios,
en los que un sabio escribiera
en antaño con esmero
al entintar sus magnolios.
No tan sabio fue su dueño,
que movido por el oro
quiso hacer buenos negocios,
y al ver truncado su sueño,
no vió en los libros decoro,
y los dió por niquiscocios.
Vendidos en la marea,
esperan a naufragar
cuando se rasgue su piel,
viajar hasta la atarjea,
y al deshacerse nadar
como peces de papel.
* * *
¿Final?
Caminaba lento un niño
entre la turba indolente
donde a cántaros llovía,
vio libros con desaliño,
abrió un tomo,y de repente,
encontró a la poesía.