Jonás nació en el seno de una familia católica, rodeado de amor y ternura. Hijo de Rubiela y César, creció con la certeza de que sus padres eran su refugio y la iglesia, su segundo hogar. Cada domingo, lo vestían con su mejor ropa y lo llevaban de la mano a la misa matutina. A pesar de su lento aprendizaje, Jonás escuchaba con atención la homilía del sacerdote, especialmente cuando repetía con voz firme y serena:
—Dios está en todas partes.
Esa frase quedó grabada en su corazón como un misterio que debía resolver. Así que, cuando regresaban a casa, los primeros minutos los dedicaba a buscar a Dios. Se metía debajo de la mesa, revisaba los armarios, miraba detrás de las cortinas y hasta abría el horno con la esperanza de encontrarlo. Su insistencia intrigaba a sus padres.
—¿Qué haces, hijo? —preguntaba su madre con dulzura.
—Busco a Dios, porque el padre dice que está en todas partes —respondía con inocencia.
Rubiela y César intercambiaban una sonrisa, enternecidos por su fe simple y pura.
Pero un día, la vida los puso a prueba. Rubiela cayó enferma de gravedad. Su cuerpo se debilitó rápidamente y los médicos, tras agotadores intentos, la desahuciaron. La noticia golpeó a César como un vendaval. Se sentó al borde de la cama, sosteniendo la mano fría de su esposa, incapaz de aceptar la despedida inminente.
Cuando se lo dijeron a Jonás, él no lloró ni se mostró abatido. En cambio, se puso a buscar por toda la casa con más fervor que nunca. Revisó cada rincón, abrió puertas, se metió en los rincones más estrechos. Su padre, sumido en su propio dolor, no intentó detenerlo.
Pasaron los minutos y, de pronto, Rubiela, quien yacía inerte, abrió los ojos y respiró profundamente. Un leve color volvió a sus mejillas y, con voz temblorosa, dijo:
—Me siento mejor…
César, sin poder creerlo, se inclinó hacia ella con lágrimas en los ojos. En ese instante, Jonás apareció en la puerta de la habitación, su rostro iluminado por una alegría serena.
—¿Dónde estabas, hijo? —preguntó su padre, aún aturdido.
Jonás sonrió y respondió con la certeza más pura:
—Buscando a Dios para que curara a mamá, porque Dios está en todas partes.
César lo miró con el corazón encogido. Apretó a su hijo contra su pecho y, por primera vez en días, sintió esperanza. Tal vez Jonás tenía razón. Tal vez Dios realmente estaba en todas partes… y había escuchado la oración silenciosa de un niño.
JUSTO ALDÚ
Panameño
Derechos reservados / febrero 2025