Eco del Encuentro.
Sabes, hace unos meses te vi;
caminabas a pocos metros,
como un susurro en la brisa otoñal,
y en ese instante fugaz mi alma tembló
al compás del murmullo del tiempo.
Creí—por algún hechizo del destino—
que en el eco de mi ser
percibirías mi presencia, descifrarías mi sentir.
Pero te alejaste, con un andar lento y melancólico,
como un eco que se desvanece en un valle silente,
dejando tras ti el aroma persistente
de un deseo incesante.
Anhelé retenerte, ser la luz en tu noche,
como la chispa de una vela en la penumbra,
guiarte en el laberinto de lo inefable,
donde cada paso es un puente de susurros
entre lo efímero y lo eterno.
Contigo, la pasión se expande en horizontes nuevos:
las palabras, como hojas al viento,
renacen en su esencia,
cada suspiro, un eco recurrente
que une instantes breves y eternos,
símbolos de lo inalcanzable.
Respirar en ti es alimentarse de un universo distinto,
donde tu boca se abre, cálida y vibrante,
como la puerta a un jardín secreto
y la salida hacia senderos sin fin,
donde cada roce se vuelve tacto
de la eternidad.
Tu cuerpo encierra infinitas posibilidades,
un templo inacabado de texturas y aromas,
un paisaje donde juntos esbozamos sueños,
aún con vastos territorios por descubrir,
donde el eco de tu risa y la sombra de tu adiós
se funden en un suspiro compartido.
Sin embargo, cada uno de tus pasos
alarga la distancia,
acentuando la dualidad
entre lo fugaz y lo perenne,
dejando en mi memoria
la huella indeleble
de un eco, de una luz, y de una sombra
que, juntas, confirman la eternidad.